UBALDO BALDASSINI
Cittadino, Vescovo e Patrono di Gubbio
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Familia y
juventud |
Estudios |
Sacerdocio y reforma del clero |
Un incendio
destruye Gubbio
El rechazo a
ser obispo de Perugia |
Ubaldo,
Obispo de Gubbio |
El Obispo
maltratado por un albañil |
La guerra civil
Gubbio contra once ciudades enemigas
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El Obispo
y el emperador Federico Barbarroja |
Los últimos
años de vida |
Muerte y
funeral |
Canonización y traslado del Cuerpo |
El dedo en
Thann
Familia y juventud
No se conoce con certeza el año de nacimiento de S. Ubaldo. Probablemente
vino al mundo en torno al 1085.
Era el único hijo varón de Rovaldo Baldassini pero tenía una hermana
llamada Sperandìa, mayor que él. Su madre, posiblemente llamada Giuliana,
sufría de una grave forma de invalidez, quizás de parálisis espástica.
La familia Baldassini era probablemente de origen alemán y hacía poco tiempo que
era noble, pero era una de las más conocidas de la ciudad y era considerada
eugubina bajo todo punto de vista. Poseía un feudo en Carpiano, en las colinas
al sur de la ciudad de Gubbio, y el fundador de la familia era Baldassino,
nacido en 1002, bisabuelo de nuestro Santo. El abuelo de S. Ubaldo, Pace
Baldassini, y la abuela Pudenzia Armanni tuvieron dos hijos: Rovaldo
y Ubaldo, padre y tío de S. Ubaldo respectivamente.
Cuando S. Ubaldo nació, fue bautizado en la iglesia de S. Giovanni, ubicada
cerca de la iglesia actual.
Para S. Ubaldo la vida fue difícil y dura desde el principio. De hecho, quedó
huérfano de padre cuando era niño y la madre murió cuando era muy joven, razón
por la cual él quedó bajo el cuidado de su tío Ubaldo.
Estudios
Recibió las primeras enseñanzas en la canónica de
S.Secondo. Aquí
transcurrió un período bastante feliz, razón por la que mantuvo un gran cariño
por esta iglesia durante toda su vida e, inclusive, al ser elegido obispo, la
dotó de un patrimonio.
No sabemos por cuánto tiempo continuó sus estudios en S.Secondo, pero sí sabemos
que transcurrió un breve período en Fano y luego en la canónica de S. Mariano en
Gubbio. En esta última Ubaldo no se encontró bien y pensó en retirarse a una
eremita pero luego pudo volver a S. Secondo. La razón de tal decisión fue que
los canónigos de S. Mariano escandalizaron al joven Ubaldo con su comportamiento
inmoral: la vida comunitaria era una excepción, la única regla era la presencia
de mujeres en la canónica: ¡cada uno tenía su concubina!
Entonces, en 1104 encontramos a Ubaldo en S. Secondo cuando muere el anciano
obispo Rustico y le sucede Giovanni da Lodi, hombre de gran estatura moral y
espiritual que había crecido en la escuela de S. Pier Damiani del que fue
secretario, biógrafo y sucesor como prior en el
monasterio de Fonte Avellana.
El nuevo obispo llamó a su lado a S. Ubaldo y lo condujo nuevamente a S.
Mariano.
Vivieron bajo el mismo techo sólo un año ya que S.Giovanni da Lodi murió en el
otoño del año 1105, pero este breve período fue suficiente para que el
veinteañero Ubaldo sintiera su pasión y su vocació

n
de reformador de la vida del clero.
Un tal Giovanni fue nombrado nuevo obispo, y la vida canónica de S. Mariano -que
ese año había mejorado rotundamente- retomó su vida de siempre.
Pero, esta vez, Ubaldo no volvió a S.Secondo y, a pesar de que recibió serias
exhortaciones para que se casara y tuviera hijos, se reapropió de su patrimonio
-en el que habían puesto las manos sus parientes- y rechazó los consejos con una
amplia explicación:
"No vaya a ser, querido amigo, que yo renuncie a mis
elecciones" y añadió "ninguno de aquellos que ponen su mano sobre el arado y
luego se echan atrás es apto para el reino de Dios", asimismo recordaba que,
en cuanto a los hijos, el Señor en el Evangelio nos dice:
"Aquel que ama a su
hijo o a su hija más que a mí no es digno de mi”.
Era clara y determinada la vocación sacerdotal en Ubaldo y todos los días se
dirigía a Dios cantando el siguiente salmo:
"Le he pedido al Señor una sola
cosa y sólo esa cosa yo buscaré: vivir en la casa del Señor durante todos los
días de mi vida".
Sacerdocio y reforma del clero
Al sacerdocio llegó en el año 1115,
a los treinta años de edad, tal como se acostumbraba en aquellos tiempos.
Tres años más tarde, en 1118, se convirtió -contra su voluntad- en prior de la
Canónica de S. Mariano.
Enseguida el "Prior Ubaldino", como lo llamaban afablemente, se aboca a
un gran trabajo de reforma de la
vida
canónica. Por desgracia, en la Canónica la vida en común era una excepción y los
sacerdotes preferían vivir en sus propias casas, razón por la cual las funciones
religiosas estaban reducidas al mínimo indispensable.
Ubaldo había escuchado hablar de una comunidad de canónigos de S. María in
Porto, cerca de Ravenna, donde Pietro degli Onesti había escrito en el año
1116 una Regla sobre la que se basaba la vida de esa comunidad y que había sido
aprobada por el Papa Pascual II.
Ubaldo no se demoró y partió a pié hacia Ravenna ya que quería darse cuenta
personalmente de cómo se desarrollaba la vida de una comunidad de canónigos
basada en esa Regla.
Llegó al lugar en los primeros meses del año 1119 y el Prior Pietro degli Onesti
lo prodigó con enseñanzas y ejemplos, pero, el 29 de marzo de 1119 éste murió y
S. Ubaldo no tuvo más que copiar el texto de la Regla y regresar a Gubbio.
La Regla obligaba a circundar la canónica con un muro; a cerrar de noche la
puerta exterior; a mantener un absoluto silencio en la iglesia, en el refectorio
y en el dormitorio; a no salir más de dos a la vez de la canónica y solamente
con el permiso del prior. Además estaban previstos numerosos ayunos, la lectura
diaria de la Biblia, la caridad y la hospitalidad con los pobres y los
necesitados. Los canónigos tenían que ser pobres y no poseer nada, por ello
Ubaldo se ocupó de repartir todo el patrimonio que había heredado del padre,
dejando una pequeña parte a sus parientes, mientras que todo el resto lo dividió
entre los pobres y la canónica: ¡gran ejemplo "franciscano" 80 años antes que
San Francisco!
Al volver de Ravenna, obviamente, Ubaldo tuvo dificultades para que se aceptara
la Regla; de todos los clérigos presentes en S. Mariano sólo pudo convencer a
tres, pero con ellos realizó la reforma y lentamente la canónica de S. Mariano
comenzó a brillar.
Un incendio destruye Gubbio
En 1126 un terrible incendio destruyó Gubbio con sus casas
de madera, y la Canónica de S. Mariano también fue devorada por el fuego.
S.Ubaldo desesperado, abandonó Gubbio y huyó hacia el monasterio de
Fonte Avellana. Cuando el prior de esa eremita, Pietro da Rimini, conoció la razón de
su fuga, lo reprendió duramente y lo exhortó a volver con sus hermanos a los que
había dejado en medio de enormes dificultades.
S. Ubaldo aprendió la lección y regresó rápidamente a las ruinas de su ciudad
y se dedicó en cuerpo y alma a la reconstrucción de la canónica y de la ciudad.
El rechazo a ser obispo de Perugia
En ese mismo año de 1126, murió el obispo de Perugia, Gennaro. Una
comitiva de perusinos se presentó en Gubbio para comunicarle a Ubaldo que había
sido elegido como nuevo obispo.
Apenas conocida la noticia, Ubaldo huyó y se escondió en una ermita en las
montañas de los alrededores, pero al saber que el Papa podía obligarlo a aceptar,
volvió a escondidas a la ciudad y de allí prosiguió a pié con cuatro hermanos
hacia Roma y se presentó ante el Papa Honorio II y le explicó las razones de su
rechazo. Honorio aceptó la renuncia de Ubaldo y los perusinos se vieron
obligados a elegir otro obispo (Rodolfo Armanni).
Ubaldo, obispo de Gubbio

Ubaldo regresa a Gubbio contento y feliz. Pasa poco tiempo y
en 1129 muere en
Gubbio el obispo Stefano. El clero eugubino no se pone de acuerdo sobre la
elección de un nuevo obispo y entonces
una delegación va a Roma para pedirle al
Papa que provea a la elección.
Fue justamente Ubaldo quien guió la delegación y el
Papa Honorio II
evidentemente recordaba la conversación que había mantenido con Ubaldo pocos
años antes cuando Ubaldo había renunciado a ser obispo de Perugia.
No tuvo
dudas, e indicó como nuevo obispo al mismo Ubaldo, quien volvió a resistirse,
pero el Papa fue inamovible y quiso ordenarlo personalmente.
Ubaldo entonces vuelve de Roma como obispo, pero su modo de vida no cambió.
Continuó viviendo en la canónica de S. Mariano y continuó siendo “pobre”, quizás
vegetariano; se alimentaba poco y a menudo sólo comía pan duro; su ropa era
liviana inclusive cuando hacía frío; su cama era un colchón con poca paja y
cuando hacía mucho frío se vestía con sus ropas; en público evitaba las
ostentaciones. En suma, ¡a la gente no le parecía un “obispo”! ¡A sus parientes
tampoco! Éstos obviamente se esperaban alguna ventaja de parte de Ubaldo, pero
se quedaron sin nada y terminaron profiriendo insultos tales como:
"hijo de una
paralítica espástica" "persona inútil" "vergüenza de los obispos", y hasta
llegaron a decirle:
"desgraciado, ojalá que te mueras".
Muchos otros eugubinos
se unían a los parientes, pero la respuesta de Ubaldo fue siempre la bondad, la
paciencia y el perdón, de hecho
"nunca le devolvió mal con mal a nadie".
El obispo maltratado por un albañil

Es famoso el episodio ocurrido en
1140. La gran reconstrucción de Gubbio
que se inició tras el incendio de 1126, había llegado a un buen punto. Se
estaban construyendo las murallas de la ciudad hacia la montaña (ubicadas un
poco más abajo de las actuales, que fueron edificadas un siglo más tarde) y,
justamente en la zona de la viña del obispo, se estaba construyendo un servicio
higiénico cuyas descargas fluían hacia la viña. Ubaldo se dirigió al lugar y con
mucho tacto exhortó a los albañiles para que suspendieran esa obra tan ofensiva
para él y su viña. Por desgracia, el jefe de la obra reaccionó mal y comenzó a
insultar y a empujar al obispo hasta que
éste cayó hacia atrás sobre la cal;
así, totalmente embadurnado, Ubaldo se levantó y con p

aciencia
regresó a la canónica.
Había sucedido algo muy grave, se habían sobrepasado todos los límites, y
rápidamente el rechazo popular creció de tal forma que los eugubinos querían
destruir la casa del albañil y condenarlo al exilio.
Pero el obispo apareció, y dirigiéndose al pueblo lo exhortó a no vengar la
injuria porque también Jesús sufrió grandes ofensas y la muerte en la cruz pero
no se vengó. El obispo terminó su discurso diciendo:
"¡Ustedes no pueden
castigarlo a él sin ofenderme a mí!" Luego llamó al albañil el cual se echó a
sus pies, pero
Ubaldo lo levantó y le dijo: "hijo mío, que Dios omnipotente
te perdone" y lo besó.
¡Qué gran ejemplo de humildad y perdón! A partir de ese día, el obispo Ubaldo
comenzó a gozar de otro tipo de consideración por parte de la gente.
La guerra civil
A
mediados del siglo XII surgen
graves choques
políticos y sociales. En el ámbito político comienza la disputa entre
güelfos (sostenedores del poder político del Papa) y
gibelinos
(sostenedores del Emperador), pero lo que sucede es que se está forjando un "nuevo"
choque entre dos clases sociales: por un lado la vieja clase feudal de origen
imperial que retiene el poder, y por el otro la nueva clase emergente que
podríamos llamar "burguesía", constituida por artesanos y mercaderes preocupados
por el aumento de la producción y del comercio que contribuye a aumentar la
riqueza de la ciudad y que obviamente pretende hacerse con el control del poder
político de ésta (tanto es así que hacia el 1140 se realizan las elecciones de
los primeros “Consoli”).
Los choques eran cada vez más frecuentes y sangrientos. Un día, los ánimos se
habían caldeado de tal forma que la plaza cercana a S. Giuliano se había
convertido en un verdadero campo de batalla y las víctimas eran numerosas tanto
de uno como de otro bando.
El obispo se enteró de lo sucedido y se precipitó hacia el lugar de la
contienda pero no pudo poner fin a la batalla, razón por la cual se abalanzó
sobre las espadas de los combatientes e improvisamente se

dejó caer al piso.
Entonces, todos reconocieron a Ubaldo, el obispo, y temieron que hubiera muerto;
improvisamente todos dejaron de combatir y comenzaron a dispersarse mientras que
una gran muchedumbre se reunía, y muchos, de ambas facciones, gritaban que eran
culpables de su muerte.
Pero Ubaldo no había muerto. Había usado ese ardid para convencer a sus
eugubinos a que cesaran la guerra civil.
Cuando Ubaldo se dio cuenta de que ya nadie tenía ganas de resolver las
cuestiones con el uso de las armas, se levantó con calma haciendo ademán con la
mano de que gracias a Dios no había sufrido daño alguno.
Entonces todos se alegraron y Él los exhortó con firmes palabras a hacer las
paces e hizo que prometieran que nunca más habrían hecho uso de las armas entre
ellos: ¡debían contentarse con las…manos!
Gubbio contra once ciudades enemigas
La guerra civil había sido conjurada pero la contienda
política siguió: la parte "democrática", habiendo conquistado el poder, comenzó
a ejercerlo, por lo que muchos exponentes "aristocráticos" fueron obligados al
exilio. El obispo no aprobó esa disposición pero tampoco puedo evitarla.
Sin embargo, los exiliados no se resignaron, conspiraron ocultamente, y con
paciencia buscaron aliados contra la ciudad que los había echado.
Sin demasiados esfuerzos organizaron una verdadera alianza militar contra
Gubbio. De hecho, ésta, debido a su posición geográfica, su intensa pasión
política, su prosperidad y sobre todo su política expansionista, era, sin lugar
a dudas, objeto de envidia, de avidez y sobre todo de temor por parte de las
ciudades de los alrededores que veían en esa ocasión la posibilidad de humillar
y limitar la potencia eugubina.

De
la coalición contra Gubbio formaron parte todas las grandes ciudades
limítrofes: Perugia, Città di Castello, Cagli, Sassoferrato, Nocera, Foligno,
Spoleto y Asís junto con los Condes de Fossato, Coccorano y Val Marcola.
Era la primavera del año 1151. Era la famosa
"guerra de las Once Ciudades contra
Gubbio".
El ejército de la coalición, liderada por Perugia, se instaló en la llanura
frente a las murallas de Gubbio y día a día se acercaba a la ciudad cuyas
murallas probablemente todavía no se habían terminado de construir.
La desproporción numérica entre el ejército de los aliados y el de Gubbio era
abismal: de 14 a 1… y hay quien dice que era de 40 a 1! En la ciudad el miedo
crecía día a día.
Frente a esta trágica situación, los eugubinos se reunieron alrededor de su
obispo Ubaldo y trataron de encontrar juntos una solución.
Obviamente, al principio se buscó la vía diplomática: se hacen tres tentativas
pero ninguna de las soluciones propuestas obtiene la opinión favorable de los
perusinos y de sus aliados quienes estaban poniendo a punto los criterios de
división del botín de guerra.
Ante esta situación, el anciano obispo debió aceptar la lógica de las armas.
Primero convocó al pueblo en la iglesia de S. Mariano y le dijo: "hermanos míos,
no tengan miedo de esta multitud de enemigos: si el Señor tiene intención de
liberarnos, ellos no podrán hacernos daño alguno; si el Señor ha decidido
castigarnos, también nos puede aniquilar sin ellos. Dios odia el pecado, no al
pecador; ¡castíguense ustedes mismos por los pecados que han cometido! Porque yo,
en el nombre del Señor, les prometo la victoria, siempre y cuando sus pecados
sean borrados a través de la penitencia".
Giordano, contemporáneo y biógrafo de S. Ubaldo, cuenta que al escuchar estas
palabras, los eugubinos "se precipitaron a hacer penitencia y a comprometerse
con una vida más rigurosa" y que "durante tres días, por la ciudad pasaron
procesiones, con el canto de himnos y ruegos. Adelante estaba el Pastor, cerca
suyo el clero, luego una multitud de hombres y, finalmente, las mujeres: todos
estaban descalzos. A quien lo requería se le daba la eucaristía".
A las oraciones le siguió un combate victorioso cuidadosamente preparado
con sutil estrategia militar: al anochecer un grupo grande de soldados elegidos
salió de la ciudad por el norte hacia el Monte Ingino; con el favor de las
sombras subieron las pendientes para luego bajar hacia la
garganta del
Bottaccione y volver a subir el Monte Calvo y luego bajar a la llanura a
espaldas del ejército aliado para atacarlo sorpresivamente. Pero la estrategia
también preveía un ataque frontal: de hecho, al improviso, las puertas de la
ciudad se abrieron y el ejército eugubino irrumpió hacia el campamento enemigo
que al mismo tiempo era atacado por las espaldas.
La derrota de los enemigos
fue absoluta y rápida. La fuga fue su salvación. Cuando los eugubinos
entraron al campamento, encontraron una enorme cantidad de materiales y de
alimentos: se necesitaron muchos días para trasladar todo a la ciudad.
¡La
primera de las cuatro guerras entre Gubbio y Perugia se había concluido!
El obispo y el emperador Federico Barbarroja

Para el joven
Comune los grandes peligros no habían cesado. En efecto, en
1154 desciende hacia Italia
el emperador Federico I di Suevia, denominado "Barbarroja",
llamado por los Comuni de la Lombardia que estaban en lucha entre sí. El
emperador se encontraba ante una situación difícil de controlar: los Comuni, a
diferencia de los viejos feudatarios, no aceptaban la tutela imperial.
Barbarroja, obviamente no podía tolerar semejante situación y debió reiterar con
firmeza que el titular del poder era exclusivamente él, haciéndoselo entender a
todos los representantes de los Comuni convocados en la "Dieta de Roncaglia".
Sin embargo, Barbarroja se toma su tiempo, se hace coronar Rey de Italia en
Pavia, luego va a Roma y hace que el Papa Adriano IV reconozca su joven corona
de emperador.
A comienzos del verano de 1155 retoma el camino hacia el norte, sigue la Via
Flaminia y pasa por
Spoleto. La ciudad no acepta las exigencias del emperador,
quien la asedia, la conquista y la destruye. Luego, continuando su camino hacia
Ravenna, llega a las proximidades de
Gubbio, acampa su ejército y

le
pide a la ciudad el pago de una suma de dinero muy elevada, también por consejo
de algunos viejos enemigos de Gubbio.
La cifra solicitada era enorme e inalcanzable y la posibilidad de obtener una
prórroga en el pago desaparece; los días pasan y el peligro de sufrir un trato
similar al recibido por Spoleto aumenta dramáticamente.
Una vez más
los eugubinos, desesperados, se dirigen a su obispo Ubaldo.
Éste se encuentra gravemente enfermo y, sin embargo, entiende la gravedad de la
situación y espontáneamente decide presentarse ante Barbarroja. El emperador,
que quería destruir Gubbio, viendo a su anciano obispo, mitiga y anula todos sus
propósitos belicosos.
Cuenta Giordano que:
"el emperador lo recibió con
la máxima solemnidad" y "bajando la cabeza le pide la bendición",
entonces S.
Ubaldo le dice: " que aquél que te ha concedido la corona del poder terrenal
pueda concederte la recompensa del reino celeste". Federico, quien desde hacía
mucho tiempo tenía el deseo de encontrarse con el obispo, le pidió que se
sentara a su lado, le regaló una espléndida taza de plata y puso fin a las
hostilidades.
¡Gubbio nuevamente estaba a salvo por obra de su obispo!
El encuentro del obispo Ubaldo con Barbarroja quedó tan impreso en la mente de
todos que ocho años más tarde,
en 1163, tres años después de la muerte de
Ubaldo, los eugubinos ofrecieron al emperador la "Vida de S. Ubaldo",
escrita por su sucesor Teobaldo y dedicada justamente a Federico, quien concedió
a Gubbio el famoso
"Diploma" con el cual se reconoció al
Comune
Eugubino además de la exención del pago de las tasas, también el derecho a
elegir a los
Consoli: ¡en la práctica, era lo que el libre
Comune
deseaba!
Los últimos años de vida
Gli Los últimos años de vida fueron para Ubaldo un verdadero calvario. Una
enfermedad muy grave lo afectó, recubriendo todo su cuerpo con pústulas
de las que salía continuamente un líquido de mal olor que obligaba al cambio de
las sábanas varias veces por día, y las sábanas usadas, en cuanto se enfriaban
se ponían rígidas como el cuero seco. Él estaba reducido a piel y huesos y
su carne estaba consumida completamente.
En esas condiciones llega a la primavera de 1160, y al acercarse la Pascua,
que caía el 27 de marzo, los eugubinos se dan cuenta que esa será la última
Pascua que transcurrirán con su obispo. Forman una pequeña delegación para ir a
ver a Ubaldo y pedirle que celebre misa. Bambo, uno de los Consoli,
entra en la habitación y dice: "…Cristo ha amado a sus hijos hasta el final…tú
que hasta hoy no has vivido para ti mismo, sino para nosotros…celebra hoy para
nosotros la Misa Solemne". Al escuchar estas palabras, Ubaldo se conmueve y, a
pesar de los dolores enormes que padece, ordena preparar lo necesario y que lo
lleven en brazos hasta la Catedral. Mientras todas las campanas de la ciudad
suenan, una gran multitud se dirige hacia el Duomo. Aquello fue el inmenso y
último abrazo a su pueblo. Ubaldo en su última predicación habló de la vida
eterna y del paraíso, como queriendo decir que allá quería verlos a todos.
Giordano cuenta que después de la misa, Ubaldo fue conducido, casi moribundo, a
la iglesia de S. Lorenzo y allí permaneció hasta el 5 de mayo, cuando solicitó
poder volver a S. Mariano. Transcurrió los días en oración y el 15 de mayo,
fiesta de Pentecostés, es decir del descenso del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles, pidió la extremaunción.
La muerte y los funerales
En el
alba del lunes 16 de mayo de 1160 su alma

ascendió hacia Dios.
La noticia provocó un gran e inconsolable dolor que oprimió el corazón de todos.
Gubbio no sólo había perdido a su obispo sino también al más ilustre de sus
ciudadanos: un eugubino que con su enseñanza, su dulzura y también con su
energía y autoridad había hecho grande a Gubbio.
En lágrimas se procedió enseguida a la preparación de los restos que fueron
vestidos con las ropas pontificales y llevados a la iglesia.
En esos días, el tiempo era hermoso y la temperatura era alta. Ello favorecía la
llegada de la gente a la ciudad. Una gran multitud llegaba inclusive de ciudades
cercanas. El número de los peregrinos aumentaba cada día más.
Sin embargo, no obstante el calor, el cuerpo de Ubaldo no tenía mal olor; es más,
Giordano dice que
"su carne era de un candor excepcional y carecía de
llagas, excepto en la herida de la mano derecha".

Entre los peregrinos comenzaron a verificarse curaciones prodigiosas, que
suscitaban el entusiasmo y aumentaban la veneración hacia el Santo Pastor. De
esa forma la multitud aumentaba siempre más, tanto que no era posible cerrar la
iglesia ya que de noche era tan numerosa como de día.
Así, entre himnos y cantos transcurrieron los primeros tres días después de la
muerte del Santo. Al llegar el cuarto día,
el jueves, se decidió proceder a
la sepultura por razones de orden público debido a la gran afluencia de
fieles.
Fue Raniero, obispo de Cagli y sobrino de S. Ubaldo, quien anunció al pueblo que
se procedería a la sepultura. La gente reaccionó con un llanto desesperado.
Todos lloraban: hombres, mujeres, jóvenes, viejos y niños.
Cuando, en medio de los lamentos, el cuerpo sagrado fue elevado en medio de la
iglesia como si subiera al cielo, todos comenzaron a encomendarse a Dios. Los
eugubinos, uno por uno, despidieron al Santo Obispo y todos, elevando las manos
al cielo exclamaron:
"Oh! S. Ubaldo, protege a esta ciudad, defiende a tu
Iglesia" y
"Oh! S. Ubaldo, ¡defiende a esta multitud que hoy se ha reunido para
alabarte!".
El sagrado cuerpo fue depositado en un sarcófago de mármol colocado al lado
de la tumba de los santos Mariano y Giacomo. Pero la sepultura no
interrumpió el peregrinaje; de hecho, la iglesia de Ubaldo estaba siempre llena
de fieles provenientes también de ciudades lejanas: por las calles de Gubbio se
cantaban himnos en honor a S. Ubaldo.
Todas las noches, toda la ciudad se
iluminaba porque los peregrinos con los "Ceri" encendidos la recorrían y corrían
hacia la tumba del Santo.
Recuerda Giordano que:
"El odio es dejado de lado, las peleas se convierten en
concordia, todos los que eran enemigos hacen las paces”.
Todo ese año fue un año
de jubileo, lleno de alegría; aumentó tanto la generosidad hacia los pobres que
en el territorio de Gubbio no quedó ningún indigente. Los ricos donaron a la
canónica de S. Mariano grandes cantidades de comida para repartir entre la
notable multitud de peregrinos pobres que iban a la tumba del Santo".
También
Teobaldo, sucesor y biógrafo de S. Ubaldo, recuerda que:
"los
buenos ciudadanos tomaron la costumbre de venir todos los días, con velas
encendidas, a la tumba de S. Ubaldo. Venían en procesión, cantando himnos,
hombres y mujeres. La ciudad de Gubbio resonaba con los cantos y resplandecía
por el esplendor de los CERI encendidos".
La canonización y el traslado del Cuerpo
Los
dos biógrafos, Giordano y Teobaldo, contemporáneos y amigos de nuestro Santo,
escribieron su biografía en los primeros tres años sucesivos a su muerte. En
efecto, en 1163 Teobaldo donó y dedicó su obra al emperador Federico Barbarroja.
Ellos nos cuentan numerosos milagros ocurridos por intercesión del Santo Obispo
durante los días anteriores a su sepultura. Recuerdan que en esos días él
devolvió la vista a los ciegos y el oído a los sordos, curó a los lisiados y,
una vez sepultado, continuó haciendo prodigios, espantando a los demonios y
curando todo tipo de enfermedades.
La fama de los prodigios de S. Ubaldo se extendía por todas partes y de muchos
lugares llegaban gente con necesidad de ser reconfortada y de curar su salud.
Todos estos hechos están testimoniados por la
"Bula de canonización" otorgada
por el Papa Celestino III, el 5 de marzo de 1192, treinta y dos años después de
la muerte, en la que el pontífice afirma que: "fue pio y justo mientras vivió en
la tierra; después de su muerte, por los milagros que Dios se dignó hacer por
sus méritos, fue considerado Santo por los pueblos cercanos y lejanos".
Por otro lado, los eugubinos lo habían proclamado en su corazón "Santo y
protector" en el momento en que su alma voló hacia el cielo. De hecho, lo
sepultaron en la tumba de los mártires Mariano y Giacomo, protectores de Gubbio.
Pero la proclamación oficial llegó con la Bula de Celestino III en la que, entre
otras cosas, el Papa exhortaba a los eugubinos para que: "celebrando su fiesta
todos los años, alegremente, el 16 de mayo, traten de demostrar que la devoción
al culto divino ha aumentado verdaderamente y que los demás tomen ejemplo de
ellos".
Dos años más tarde, el 11 de septiembre de 1194, el cuerpo de S. Ubaldo fue
llevado de la Catedral a una pequeña iglesia edificada en el Monte Ingino, un
poco más abajo de la roca cerca de la
parroquia de S.Gervasio.
No sabemos cuáles fueron exactamente los verdaderos motivos que llevaron a los
eugubinos a hacer ese “traslado”, pero, ciertamente, las luchas entre los
Güelfos y los Gibelinos, de alguna forma determinaron esa decisión. En efecto,
luego de varias vicisitudes, en esos años el poder pasó a manos güelfas lo cual
hacía surgir el temor de sufrir un ataque por parte del ejército imperial o de
alguna ciudad. Si a ello le agregamos que en aquellos tiempos era normal que
durante el saqueo a una ciudad fuesen robadas las reliquias de los santos,
entonces se puede entender por qué los eugubinos prefirieron colocar el cuerpo
de S. Ubaldo en un lugar fortificado.
Desde entonces el Monte Ingino es para todos los eugubinos el "Monte de S.Ubaldo".
Durante los siguientes ocho siglos que nos separan de aquella fecha,
el Cuerpo
de S.Ubaldo fue llevado a la ciudad sólo cinco veces:
En
agosto de 1919, en ocasión del fin de la primera guerra mundial, siendo
obispo Carlo Taccetti, para demostrar "gratitud a S. Ubaldo que acompañó a sus
hijos en lo alto de los Alpes".
En septiembre de 1929, siendo obispo Pio Navarra, para festejar solemnemente el
octavo aniversario de la consagración de S. Ubaldo como Obispo de Gubbio (1129).
En mayo de 1960, siendo obispo Beniamino Ubaldi, en ocasión de
los ochocientos
años transcurridos desde su muerte.
En septiembre de 1986, siendo
obispo Ennio Antonelli, en ocasión del noveno
centenario de su nacimiento.
Finalmente, en septiembre de 1994, siendo
obispo Pietro Bottaccioli, en recuerdo
del "traslado" ocurrido ocho siglos antes.
El dedo en Thann

Es preciso recordar el "traslado" de una pequeña parte del cuerpo de S. Ubaldo a
Thann,
ciudad de la región de Alsacia en Francia.
La leyenda cuenta que S. Ubaldo había ordenado a su camarero, originario del
norte de Europa, que al morir, él se llevara su anillo episcopal. El siervo
siguió la orden del obispo, pero, al sacar el anillo, desprendió todo el dedo
pulgar. El siervo quedó sorprendido pero guardó la reliquia como un tesoro y la
escondió dentro del pomo de su bastón y comenzó el viaje de vuelta a su país.
Alrededor de un año después, el
30 de junio de 1161, llegó
al valle donde ahora se encuentra Thann. Era un día muy caluroso y grande era su
cansancio, razón por la cual apoyó el bastón y se dispuso a dormir bajo la
sombra de un abeto. Cuando se despertó, quiso retomar su viaje, pero no logró
desclavar el bastón de la tierra. Mientras tanto, el Conde Enghelhard desde su
castillo vio que tres llamas se elevaban desde la copa del árbol sin que el
fuego lo consumiera, enseguida corrió al lugar y allí encontró a un hombre
rezando frente a su bastón. El siervo le contó su historia al Conde,
interpretando el hecho como una señal divina, y prometió construir una pequeña
iglesia para conservar esa reliquia. El bastón enseguida se desprendió de la
tierra.
Este es la leyenda, pero la historia la confirma, por lo menos en
su esencia. En efecto, la capilla surgió realmente; poco después surgieron las
primeras casas y así nació Thann, cuyos habitantes siempre han festejado la
fundación de su ciudad el 30 de junio. Dos siglos más tarde, se inició la
construcción de la actual iglesia, la
"Collégiale de St. Thiébaut",
espléndido ejemplo de arte gótico, donde está conservada la reliquia de S.
Ubaldo, que, desde 1975 sabemos con certeza que es
parte del dedo meñique
de la mano derecha de S. Ubaldo y no del pulgar como decía la leyenda.
S. Ubaldo era objeto de gran culto en Thann, a pesar de que su
nombre ha sido modificado: Thiébaut (Teobaldo); probablemente porque el nombre
Ubaldo, desconocido en la zona germánica, era un diminutivo de Teobaldo. La
devoción por S. Ubaldo une fuertemente Thann a Gubbio, a tal punto que los
habitantes de Thann suelen decir que:
"Thann est la fille aînee de Gubbio"
(
Thann
es la hija primogénita de Gubbio).
Traducción de Paula M. Frondizi - Buenos Aires - Argentina
BIBLIOGRAFIA
FANUCCI A. M.
"S. Ubaldo, il suo vero volto" (La vita Beati Ubaldi del suo
confratello Giordano riletta da Don Angelo M. Fanucci) edizioni Università
Muratori, Famiglie Ceraiole e Maggio Eugubino, Gubbio 2007.
Con il permesso dell'Autore, la riproduzione del libro di 130
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stata messa a disposizione dalla
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AMBROGI M.G. - BELARDI G. - GAGLIARDONI I.
Gubbio, S. Ubaldo e la grande guerra, "Edizioni Porziuncola" Assisi 1991.
BARBI A.
La Festa dei Ceri durante l'ascesa del fascismo, "Edizioni Ceraiole" direzione A. Barbi, Gubbio 2000.
BRACCINI U.
La mano di S. Ubaldo, Alla ricerca della verità sui legami tra Thann e Gubbio, edito da "Santuario di S. Ubaldo", Gubbio 1993.
CENCI P.
Il Culto di S. Ubaldo dalla morte alla traslazione, edito "Famiglie Ceraiole" direzione A. Barbi, Gubbio 1994.
FANUCCI A. M.
Ubaldo Baldassini, novecento anni dopo, edizioni Comunità S. Girolamo, Gubbio 1986.
GIORDANO da Tiferno
Vita di S. Ubaldo, edito dalla "Famiglia dei Santantoniari" a cura di A.M. Fanucci, Gubbio 1979.
NASALLI ROCCA Mons. G. B.
SANT'UBALDO, Tipografia S. Lega Eucaristica, Milano 1914.
ROGARI O.
Vita di S. Ubaldo, Perugia 1960.
TEOBALDO
Leggenda del Beato Ubaldo, vescovo di Gubbio, tipografia vescovile, Gubbio 1860.